sábado, 18 de febrero de 2017

Hay guerra


por Daniel Link para Perfil

En estos días se estrenó en la Berlinale Cuatreros, el último pensamiento visual de Albertina Carri. Que se trata de un pensamiento y no de un regodeo visual queda claro por los títulos que el proyecto tuvo a lo largo del tiempo: Operación fracaso y el sonido recobrado, Investigación sobre el cuatrerismo, El punto impropio... Antes de alcanzar esta versión, que tiene una potencia definitiva, el asunto parecía coagular en la forma “instalación” y así fue recorriendo museos y salas de teatro.
Los que siguieron la errancia del proyecto en los últimos años se sorprenderán por los saltos cualitativos que Cuatreros presenta. Los que están acostumbrados a la inteligencia fulgurante de Albertina Carri, no tanto.
Cuatreros puede verse en Buenos Aires desde hace un mes y sería deseable que por muchos otros, porque constituye una pieza esencial del pensamiento político contemporáneo.
En lo que al tema se refiere, Albertina parte del libro de Roberto Carri, su padre desaparecido, Isidro Velázquez. Formas pre-revolucionarias de la violencia y de la película Los Velázquez, también desaparecida, que filmaron Pablo Szir y Lita Stantic entre 1971 y 1972. Por otro lado se cita un material en crudo que constituye el archivo del hijo de Lilita Carrió para un proyecto semejante que nunca llegó a realizarse, es decir: restos de un pasado que todavía interpela el presente porque en ellos se cifra el misterio de la guerra capitalista que ocupa esta época.
En lo que a la forma se refiere, Carri parte del cine allí donde Godard lo dejó: Histoire(s) du cinema: restos del cine que, en la perspectiva de la autora, están disponibles para su manipulación.
Cuatreros cuenta el proceso por el cual un(os) texto(s) se convierte(n) en película y, para hacerlo, renuncia a producir una sola imagen (salvo una secuencia muy personal, que ocupa el final del film) y a trabajar con indicios que estaban ya filmados: noticieros de época, instrucciones para armar una bomba casera, una ficción en la que dos personajes estrambóticos miman los diálogos entre Carri y Stantic, fragmentos del cine argentino cuatrereados de sus contextos originales y proyectados en cinco pantallas que juegan a veces simultáneamente y a veces alternadamente.
En las últimas décadas, el cine se ha convertido en un espacio ultra-conservador en sus temas y, sobre todo, en sus propiedades gramaticales y semánticas. Un mero distribuidor de los discursos conservadores que dominan la pesadilla del presente. Romper el lenguaje para interpelar a un espectador cada vez más acostumbrado a relatos maniqueos y lenguajes edulcorados “requiere de mucha concentración, entusiasmo e insistencia”, declaró Carri. “Encuentro en la idea de insistencia una fuerza política y en la de entusiasmo una energía necesaria para expandir la pantalla a multiplicidad de lecturas. Es decir que la multiplicidad de pantallas no se vuelva un recurso estético sino más bien ético donde conviven diferentes discursos y diferentes posibles caminos para formar una historia”.
Cinco pantallas van armando esos posibles caminos, donde se alternan las imágenes cuatrereadas que no ilustran el extraordinario texto que lee en off Carri sino que lo completan y lo disparan en diferentes direcciones. Cada avenida de sentido está dominada por una única obsesión, dice Carri: “la batalla por el lenguaje”.
Es que hay guerra, y la hay desde hace tanto tiempo que se ha perdido conciencia de su carácter perpetuo e insidioso. A diferencia de lo que sucedía en Los rubios, donde la interrogación subrayaba la perplejidad ante la derrota (en todos los frentes), Cuatreros afirma la necesidad de seguir luchando (con concentración, entusiasmo e insistencia) contra los mismos enemigos de siempre (los contratistas del Estado convertidos en gobierno, los que desforestan y desertifican, los que reclaman mano dura de las fuerzas de seguridad, los corruptos del cine, pero también contra los que alucinan mundos grises y opacos como futuros sin lugar para la alegría y la diversión).
Nada sería más triste que hacer oídos sordos al llamamiento (originalísimo, y muy riguroso) de Cuatreros.


jueves, 16 de febrero de 2017

Dicen que...

Qué significa enseñar literatura

por Daniel Gigena para La Nación

Igual que Santos y que yo, De Vincenzo aprendió con grandes profesores, a los que quería imitar cuando fuera docente. (En mis clases, cuando la inspiración se hundía, yo los imaginaba como salvavidas.) "Uno es Daniel Link, tal vez el mejor profesor que haya conocido en mi vida -confiesa-. El otro fue Norberto Silva, que me enseñó latín cuando él tenía veintiocho años y que se murió a los treinta y uno, como Schubert. La otra es Isabel Vassallo: misterio y fuga, exquisitez y poesía. Y Martina López Casanova: la clase total." Isabel Vassallo es poeta, autora de Memoria de la hierba. Ella había sido alumna de Enrique Pezzoni y nos hablaba de él como los que fuimos sus alumnos hablamos ahora de ella: con amor y reconocimiento.

(¡Gracias, Diegos!)


sábado, 11 de febrero de 2017

Tiempo al tiempo


Por Daniel Link para Perfil

Después de un viaje un poco mediocre al invierno inclemente vuelve a Buenos Aires. Lo sorprende, como siempre, que ese galpón mal acondicionado en medio de la niebla funcione como un aeropuerto internacional pero, más todavía, el cachetazo de un aire helado y gotas de lluvia que parecen mimetizar las condiciones meteorológicas de las que creía haber huido. No le gusta el invierno, pero mucho menos el frío fuera de lugar, las vertiginosas corrientes de aire antártico que arruinan lo poco que le queda de verano.
Ya en su casa, lo espera una irritación mayor todavía: pagar cuentas (es comienzo de mes), intercambiar furiosos correos con su contadora en relación con temas impositivos perentorios porque se han modificado las escalas, las deducciones, la mar en coche (y afuera llueve en la ciudad).
Pasa un fin de semana armando montoncitos de plata y decidiendo si le conviene pagar el impuesto inmobiliario anualizado y con descuento o confiar en la depreciación de los montos mensuales que la inflación permite prever. Todo funciona en formatos digitales, pero se imagina armando pilas de monedas y la imagen lo deprime.
Muchos deben sentir lo mismo porque los diarios siguen insistiendo en la depresión del consumo: nadie compra nada, y sólo se pagan las cosas esenciales.
Depresión, depreciación (del salario), desprecio (de los administradores): le gustaría jugar con esas palabras porque siempre encuentra algo de felicidad en las aperturas del lenguaje, pero no tiene tiempo. “Ni tiempo, tengo”, suspira. Y se da cuenta de que la más grande injusticia del sistema económico que habita es precisamente haber enajenado a todos de su propio tiempo.
Buscar recibos de sueldo, completar una planilla, acumular comprobantes de gastos para rendir, organizar el trabajo del año, separar la plata en montoncitos. Trata de hacer todo a la mayor velocidad, para encontrar algún resto de tiempo con el que jugar un poco. 


martes, 7 de febrero de 2017

Ideología y corrupción



Cuando el gobierno de Cambiemos estaba recién despuntando, a comienzos de 2016, un asado reunió a varios integrantes de crisis para debatir con Beatriz Sarlo sobre el presente que nos tocaba en suerte. Ese día la escritora propuso un reto singular: “la revista tiene que hablar sobre la corrupción del kirchnerismo”. La sugerencia de Sarlo tuvo algo de anticlímax. Un reflejo elemental nos indicaba que si en la agenda de los medios televisivos y los grandes diarios esta cuestión ocupaba el trending topic absoluto, hasta convertirse en el principal argumento de impugnación de lo realizado durante el largo ciclo de gobiernos populistas en América Latina, era preciso ir mas allá y sospechar de la ola moralizadora. Sin embargo, en cierto momento el desafío se tornó impostergable. La eficacia demoledora de la maquinaria oficialista para avanzar con sus estrategias de desmonte y reorganización nacional, se debió en gran medida al declive de quienes estaban llamados a ejercer el rol de principal oposición. Entre las causas del desmembramiento y la pérdida de autoridad padecidas por el otrora omnipotente movimiento kirchnerista, hay que apuntar la relación entre negocios y democracia, dinero y política, el vil metal y la retórica progresista.
Varios meses después de aquella primera charla le propusimos a Sarlo una nueva cena para encarar juntos el entuerto. Hay que señalar que es una intelectual de las que ya no quedan: maneja los hilos del debate sin renunciar a una escucha interesada, lo que equivale a decir que le interesa la conversación y no el monólogo; es a la vez híper rigurosa cuando se trata de descular un problema, y lo suficientemente canchera como para ampliar el universo de preocupaciones o admitir multiplicidad de perspectivas; conserva algunos rasgos de cierto leninismo incisivo que encara la polémica sin concesiones, al tiempo que hace gala de una rara fe en el sistema político derivada de su conversión al dogma republicano. A pesar de la admiración que nos merece ese crisol de aptitudes, o precisamente por ello, el intercambio no fue soplar y hacer botella. Promediando la tertulia, hubo un instante en el que el tono de la discusión escaló y la velada casi se interrumpe. Como debe ser, cuando se piensa con pasión y riesgo.



Carta abierta

CARTA A LOS TRABAJADORES Y LA CGT
-Asambleas en los lugares de trabajo
-Por un paro nacional con movilización YA
-Por el triunfo de AGR y todas las luchas.
Contra los despidos, en defensa de los convenios, por paritarias libres.

Desde la planta de Pompeya en la que nos encontramos defendiendo nuestra fuente de trabajo desde el 14 de enero, los trabajadores de AGR-Clarín escribimos esta carta, a los trabajadores, las centrales obreras, los sindicatos y la opinión pública.
En medio del “acuerdo” para no despedir por tres meses hasta marzo establecido entre el gobierno, la UIA y la CGT, el Grupo Clarín despidió ilegalmente 380 trabajadores en Artes Gráficas Rioplatense, la totalidad de la fábrica. El cierre de AGR no es una medida de crisis, es un acto de fuerza de la empresa, un lockout contra los derechos colectivos de los trabajadores, el convenio y el salario.
Clarín no pretende discontinuar sus ediciones ni abandonar el negocio de impresión. Estamos frente a un cierre fraudulento, que tiene por objetivo retomar esta producción con personal precarizado.
Los trabajadores de AGR hemos respondido con la fuerza de nuestra unidad y organización. Primero evitando el vaciamiento con una vigilia previa a los despidos en puerta de fábrica para evitar el traslado de máquinas y luego ocupando nuestros puestos de trabajo. Llamamos a evitar los vaciamientos y ocupar toda fabrica que cierre o despida.
La arbitrariedad descarnada con la que Clarín y el gobierno pretenden atropellarnos, y la determinación de lucha con la que hemos enfrentado esta situación junto con nuestras familias, han provocado un enorme apoyo popular, que no alcanzan las palabras para agradecer. Este apoyo refleja una tendencia profunda en el pueblo trabajador a enfrentar el ajuste, y ha instalado la necesidad de terminar con la tregua que deja pasar despidos, paritarias a la baja, tarifazos y el ataque a los convenios colectivos, y plantea la necesidad de convocar un paro general.
No nos cabe duda que la convocatoria a una movilización de los obreros industriales para el 7 de marzo, así como la convocatoria a un paro general (sin fecha) anunciados tras la reunión del consejo directivo de la CGT, han sido puestos en la agenda como resultado de la acción de trabajadores que, como nosotros en AGR; venimos peleando contra el ajuste.
Pero contradictoriamente, esta resolución con tanta ambigüedad y demora, y sin mediar medidas de apoyo concretas, le da un tiempo precioso a la patronal de Clarín -que tras fracasar el intento represivo- apuesta al desgaste. También le da tiempo a los bancos, el gobierno nacional y los gobernadores que atacan el salario y las paritarias bancarias y docentes, y a todas las empresas en las que los trabajadores luchan ahora contra despidos o atrasos salariales. Peor aún, implica un pase libre a los despidos hasta marzo, mes en el que justamente vence… el acuerdo “antidespidos”, que de no mediar reacción previa, habrá resultado una cobertura para que estos se produzcan. Una mentirosa conciliación obligatoria nacional, en la que las centrales no toman medidas, pero que las empresas violan despidiendo como les viene en gana.
La CGT tampoco ha integrado a su agenda el reclamo por los derechos de las mujeres que viene conmocionando al país y que tendrá una fecha clave: el 8 de marzo en el que se está impulsando un paro internacional por sus derechos, tal como han discutido nuestras mujeres y la comisión de familiares en el último encuentro del #NiUnaMenos.
Agradecemos la solidaridad de los sindicatos que se han movilizado por o con nosotros, como el SUTNA, Aceiteros, Camioneros, Peaje, Sitraic, Ctera, ATE, Sipreba, la AJB, AGD-UBA, Cicop, la Union Ferroviaria de Haedo, los Sutebas combativos, Ademys y muchos más. Y reclamamos a nuestro sindicato que inicialmente convocó un paro general a que convoque el plenario de delegados, tome nuevas medidas y garantice que se deje de hacer impunemente nuestros trabajos en el gremio como sucede al día de hoy.
Convocamos a reforzar y organizar en todo el país la deliberación que esta situación viene generando en los sindicatos, cuerpos de delegados y fundamentalmente en los propios lugares de trabajo. Llamamos a realizar asambleas para impulsar y votar mandatos por un inmediato paro con movilización, y por medidas de apoyo para AGR-Clarín y todas las fábricas en lucha. Llamamos a sumar pronunciamientos en este sentido a los sindicatos, cuerpos de delegados, y centrales obreras provinciales, como ya lo han hecho las CGTs de Cordoba, Chaco y Mendoza. Reclamamos la inmediata convocatoria al confederal de la CGT para que vote la convocatoria a un paro general con movilización ahora. Proponemos recabar cientos de mandatos y pronunciamientos dirigidos a la CGT y la CTA con este objetivo.
Con este programa, llamamos a acompañar la próxima jornada nacional de lucha que hemos convocado el jueves 9, para exigir que el ministro Triacca nos reciba y se retrotraigan los ilegales despidos de Clarín.
Pongamos todo el movimiento obrero en movimiento, para que triunfen AGR-Clarín y todas las luchas en curso.
Abajo el ajuste y la represión.


sábado, 28 de enero de 2017

Treinta años sin Copi


Por Daniel Link para Perfil

El 14 de diciembre de este año se cumplen treinta años de la muerte de Copi (nacido como Raúl Damonte). El año pasado, en el CCK, Marilú Marini inauguró los homenajes con El día de una soñadora (y otros momentos), montaje de Pierre Maillet sobre dos textos del autor. En el mismo lugar, la muestra Copi en el Río de la Plata exhibió, entre otra memorabilia, el gran telón que en 1981 hizo Juan Stopani para Le Frigó.
En Barcelona, el Palau de la Virreina encomendó a Patricio Pron que organizara una muestra sobre su obra gráfica. “La hora de los monstruos”, que abrió sus puertas en noviembre pasado, ha sido prorrogada hasta marzo y se espera que, en algún momento, pueda venir a Buenos Aires.
El Teatro Nacional Cervantes prepara un doble estreno: Eva Perón y El homosexual o la dificultad de expresarse se verán a partir de mediados de año. La editorial porteña el cuenco de plata, que viene publicando las obras teatrales de Copi, se apresta a preparar una edición de su Teatro Completo.
Copi fue, además de uno de los mejores dramaturgos de su tiempo, un extraordinario humorista gráfico y un notable novelista (como dos de sus piezas están escritas en verso, también se lo puede leer como un poeta). Se merece esos homenajes y muchos más.
Formado en la contestación propia de su época (el mayo del 68, que constituye un leitmotiv de su obra narrativa), Copi alcanzó a proponer una concepción de mundo radical que, al mismo tiempo que atentaba contra la lógica brutal del capitalismo más avanzado, proponía nuevos rituales (en el teatro, en la novela, en la obra gráfica) para fundar un universo trans: transgénero, translingüístico, transnacional.
Para Copi, como para todo espíritu de revuelta, el Pop (como potencia de desclasificación) había sido culturalizado. Él fue, por lo tanto, más allá, hacia el horizonte donde cesa el desorden de las categorías (característico de la cultura pop) y se puede postular una antropología nueva. No un arte nuevo (eso es totalmente secundario), sino una nueva relación entre arte y vida, un nuevo concepto de vida.
La lógica de Copi es sencilla: se trata de oponer al Estado-Nación y sus ficciones guerreras (la vanguardia es una de ellas) la idea de comunidad (transnacional y, al mismo tiempo, imposible).
Por eso Copi se sale del mundo y propone una cosmopolítica donde hace estallar todas las ideas heredadas para fundar una nueva antropología que subsume lo cálido (la sangre del cordero sacrificial de las religiones monoteístas) en lo frío (el cuerpo helado del drogado), que hace aparecer en lo ascensional (la Pirámide, el Sacré Cœur, La Défense), los monstruos del inframundo (la serpiente, la rata), que traza, en la fachada del capitalismo, las líneas de su desmoronamiento, que hace coincidir el ojo de Dios (y su corporeización cordérica) con el ano de la serpiente.

sábado, 21 de enero de 2017

Ni una menos

Por Daniel Link para Perfil

Baja una serie nueva que mira intermitentemente mientras atiende otros asuntos igualmente triviales. Se trata de Sweet vicious, donde dos muchachas emprenden una cruzada justiciera contra violadores en campus universitarios estadounidenses.
Se queda pensando en el asunto y se da cuenta de que, por lo general, lo que se escucha es el punto de vista de las víctimas.
En algún sentido eso no alcanza para comprender la persistencia de esa barbarie específica ni la función de ese ritual en la economía libidinal del capitalismo global. ¿Por qué se viola?
Recuerda una visita al elegantérrimo Darmouth College, que tiene uno de los índices más altos de violaciones dentro del campus. ¿Quiénes se forman allí? Principalmente, quienes irán a trabajar a Wall Street, la crema y nata del capitalismo financiero.
En Harvard (donde está ambientada la serie que desencadenó su pensamiento) se forman en primer término los abogados que definen no sólo las relaciones jurídicas de vida, sino las condiciones de la explotación capitalista.
El punto de vista del violador podría explicarse a partir de un “No es para tanto..”. La violencia ejercida para demostrar una relación de poder a través del sexo, la cosificación del otro, es un íntimo ritual necesario para insensiblizarse en relación con todos aquellos a los que, periódicamente, el capitalismo arroja en la desesperación (2008, etc.). Las Fraternidades son escuelas de crueldad en las se forman los psicóticos americanos de mañana, los hombres de los negocios y la política.

martes, 17 de enero de 2017

¡¡¡Síganme, no los voy a defraudar!!!


“«A ese Link no lo puedo seguir», dijo Macri al ser consultado al respecto".


domingo, 15 de enero de 2017

Una obra, una vida


por Daniel Link para Radar

Ricardo Piglia, cuya desaparición lamentamos en estos días, publicó en 1967 un libro de relatos, La Invasión que se reeditó recién en 2006. A la edición original, Piglia agregó dos relatos inéditos de 1969 y 1970, que no habían sido recopilados en libro y tres relatos aparecidos sólo en revistas: “Desagravio” (1963), “En noviembre” (1965) y “El pianista” (1968).
Además de ambientes que Piglia no necesariamente visitará de nuevo (un asilo de ancianos, el mundo del boxeo, una cárcel) y de una rigurosa investigación de las formas narrativas breves, La Invasión presenta a Emilio Renzi, quien será el alter ego definitivo del autor. Pero un alter ego que no sólo se limita a la ficción. Los diarios de la vida entera de Ricardo Piglia, se publicarán como diarios de Renzi y algunas notas que aparecerán en Punto de Vista también llevarán la firma de Renzi.
En “Un pez en el hielo”, Renzi interroga el suicidio de Cesare Pavese a partir de la lectura de su Diario, como “un crimen que era preciso descifrar”. Pavese escribe la última página de su Diario pero espera una semana para matarse. “Se suicidó recién el sábado 26 de agosto. Renzi estaba conmovido con esos días finales. Pavese solo en la ciudad vacía [...] Vivió ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo”.
Nombre falso (1975) recopila una serie de textos a caballo entre la ficción y el ensayo en los que aparecen prácticamente todas las líneas y tensiones que caracterizarán la obra de Piglia, pero es su novela Respiración artificial (1980), protagonizada por Emilio Renzi, la novela que muchos críticos leyeron como el texto clave de aquel período. No en vano la novela comienza con una interrogación: “¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda una carta”. Y esa interrogación sobre la historia comenzará a ser obsesiva a partir de esos años, al mismo tiempo que la literatura oscila entre las alegorías y las sátiras políticas (especialmente el caso de Osvaldo Soriano: Triste, solitario y final, 1973; No habrá mas penas ni olvido, 1983; Cuarteles de invierno, 1983) y textos que renuncian al proyecto de reproducir la realidad para proponer sentidos incompletos y fragmentados.
Ligado con las vanguardias de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, Piglia supo enfrentar el problema de la legibilidad (es decir, del público) en un mundo cada vez más desconfiado del realismo transparente. Así como saluda las novelas de Puig, en 1974 prologa El frasquito.
La frase que abre Plata quemada (1997), “Esta novela cuenta una historia real”, estaba ya implícita en La invasión, pero aquí Piglia trabaja deliberadamente en relación con un neopopulismo de mercado, cuyos alcances le interesa investigar porque, como dijo en una entrevista para Radarlibros (Buenos Aires: domingo 19 de diciembre de 1999), “Es probable que Plata quemada pueda leerse como una experiencia de populismo literario, con la condición de que se entienda populismo como una de las grandes corrientes de la literatura argentina. El cruce entre populismo y vanguardia ha producido textos de los mejores: desde el Martín Fierro o el mismo Borges hasta Zelarayán y Osvaldo Lamborghini”.
Piglia se había interesado legítimamente (y sabiendo los riesgos que corría) en el populismo estético porque “en esas literaturas se ve la construcción de una lengua que se opone a la literatura decorosa, de buenas maneras, con un estilo medio”,
Toda la obra de Ricardo Piglia se sostiene en ese borde donde dos culturas se chocan, desde los cuentos de Nombre falso hasta Formas breves (1999) o El último lector (2005), pasando por su obra más famosa (y más representativa de una época), Respiración artificial o La ciudad ausente (1992): una articulación problemática entre crítica y ficción.
En Formas breves se lee: "La cultura de masas (o mejor sería decir la política de masas) ha sido vista con toda claridad por Borges como una máquina de producir recuerdos falsos y experiencias impersonales. Todos sienten lo mismo y recuerdan lo mismo y lo que sienten y recuerdan no es lo que han vivido". Ese pasaje puede leerse en la estela benjaminiana, tal como Piglia la entendía: “lejos de adoptar una posición valorativa respecto de la cultura de masas, Benjamin hizo convivir ambas opciones".
El la obra de Piglia, que ahora no comienza a cerrarse sino que, por el contrario, comienza a abrirse a nuevos modos de lectura, las opciones de la cultura de masas (el populismo de mercado) y el vanguardismo literario conviven problemáticamente no para producir una síntesis conciliadora sino para producir una chispa que encienda el fuego de una vida: la de Emilio Renzi, la nuestra, la de todos y cualquiera.

sábado, 14 de enero de 2017

El diablo metió la cola


Por Daniel Link para Perfil

Después de escuchar el discurso de Meryl Streep, mira una y otra vez el video de Donald Trump imitando a un entrevistador adverso y piensa que el presidente electo tiene razón: la máxima autoridad política del mundo no se está burlando de un discapacitado. Aunque el periodista no hubiera sido discapacitado, él lo hubiera mimado del mismo modo. Por ejemplo, si hubiera sido homosexual, si hablara mal el inglés o si fuera una mujer o se identificara con una minoría racial (el republicano hispano Ted Cruz fue objeto de la misma burla).
La astucia de Meryl Streep consistió en encontrar el momento justo en que la relación de poder se revela en toda su violencia. El poder es un tipo específico de relaciones de fuerzas que han sido institucionalizado, cristalizado e inmovilizado para beneficio de algunos y perjuicio de otros. Donald Trump podría haber sido más políticamente correcto, pero de todos modos la relación de poder en la que se coloca implica el perjuicio de muchos “otros”, tantos que, precisamente por eso mismo, encontrar el momento justo en que la relación de poder se vuelve intolerable es casi como buscar una aguja en un pajar.
Hay que ser perspicaz, hay que ser capaz de ver lo evidente (Viola Davis subrayó esa capacidad de Meryl Streep) para desbaratar una relación de poder o, al menos, denunciarla en toda su iniquidad. El momento elegido es paradigmático porque es incontestable: usted está burlándose de una persona ejerciendo una violencia que aniquila al otro como tal (sea éste un discapacitado, una mujer, una minoría racial, un disidente sexual o un migrante: outsiders, dijo Meryl Streep, lo que se llama queer); usted es hablado por “ese instinto para humillar que le da permiso a otras personas a hacer lo mismo. La falta de respeto invita a la falta de respeto, la violencia invita a la violencia”.
Pero el discurso mismo de Meryl Streep dice otra cosa. No dice sólo que el ejercicio violento del poder invita a la violencia social (lo que es cierto y, a esta altura del partido, probablemente inevitable). Dice, además, que donde hay poder hay resistencia y que la resistencia llama a la solidaridad.
Por supuesto, ni Hollywood es la sede de la revolución ni Meryl Streep es Rosa Luxemburgo, pero como lo que adviene tiene la forma de una guerra civil difusa, sus palabras se leyeron estratégicamente como la marcación una línea divisoria y una demanda de solidaridad.
Trump se sintió obligado a contestar, y las palabras que usó, una vez más, subrayaron lo evidente: en su twitter puso a la actriz en el lugar de “Hillary flunky”, una relación de servidumbre y desigualdad (“lacayo”) que constituye la base de su imaginación de las relaciones sociales y políticas. A Hillary Clinton nunca la llamó lacaya de Wall Street (en todo caso “crooked”, torcida, deshonesta) porque ambos forman parte del mismo círculo.
De todos modos, al responder a un lacayo, el lugar de soberanía desde el cual se mima burlonamente cualquier comportamiento que se aparte de la imaginación regia queda minado, como si se tratara de un lugar ocupado por el muñeco de un ventrílocuo cuya gracia está en decir precisamente aquello que el ventrílocuo nunca diría.
¿Por qué contestarle a Meryl Streep? ¿Por qué incitar a quienes no hubieron visto su show de ventriloquía a hacerlo y a compartir con Maryl Streep la sensación de corazón deshecho y congelado? ¿Sobrevalorada, Meryl Streep? ¿Acaso no interpeló al poder y lo obligó a contestarle? ¿Y acaso el poder no le contestó en términos tales que subrayó la línea divisoria?: Ustedes, los lacayos, están allí para que podamos insultarlos y burlarnos de ustedes, ¿qué les resulta escandaloso en esa relación de poder en la que están involucrados?
Lo que subrayó Meryl Streep es que el poder ejercido con violenta desinhibición es, a la vez que mímesis de la desinhibición social (finalmente, a través de Trump hablan sus votantes) sino la apología de la violencia (como lo son los deportes y las artes marciales).
Contra eso, la advertencia de que la violencia genera violencia, deberá entenderse también como una llamada a la profundización de los vínculos solidarios.


jueves, 12 de enero de 2017

Intentar no cuesta nada




lunes, 9 de enero de 2017

Un escritor de frases

por Daniel Link para Perfil

No sé qué decir de la muerte de Ricardo Piglia, que me conmueve profundamente. Escribí sobre su literatura, discutí con él sus novelas, le escuché contar historias con una gracia irrepetible, le reproché alguna metida de pata, le pedí consejos para algunos proyectos que él auspició con generosidad infrecuente.
Pienso que yo, como muchos, pensaba que Piglia siempre iba a estar ahí, a lo mejor enfermo, como en los últimos meses, pero siempre pensando y escribiendo.
No sé qué decir sobre la muerte de Ricardo Piglia salvo que me parece injusta, prematura, inconcebible.
Aunque queden sus libros, Ricardo era un escritor de frases. Conversando, decía, por ejemplo, "para Walsh la literatura era como una adicción". Sólo eso, y con eso nos daba años de trabajo para pensar a Walsh en esa línea.
Lo mismo hizo con Borges, con Arlt, con Gombrowicz, con Cortázar, con las formas breves que tanto le interesaban aunque no las cultivara desde sus primeros libros.
Yo, como tantos otros, le debo mucho a Piglia, pero sobre todo, le debo un modo de sociabilidad que no renunciaba a los principios pero que tampoco los ponía por delante de la curiosidad mundana.
Me divertía esa manera de hablar ladeado que tenía (y que muchos quisieron imitarle), de rascarse la cabeza mientras iba pensando e hilvanando referencias. Sabía mucho, Piglia, pero no le gustaba que se notara. El lujo, aunque fuera cultural, le parecía guarango.
El único lujo que se permitía era el de la frase, las cláusulas elegantísimas de las frases que armaba, la relación inesperada entre lugares argumentativos lejanos.
No sé qué decir de la muerte de Piglia, no sé qué pensar. Estoy harto de que se me mueren las personas, los amigos, los maestros.
Estoy harto de la hostilidad del mundo y de tener que enfrentarla cada vez más solo.
Y estoy harto de que algunos quieran aprovechar la circunstancia para ocupar el lugar que Piglia deja vacante. No hay forma, ese lugar es imposible de ocupar por muchas razones, que involucran una sensibilidad al mundo y a la historia, una esperanza de transformación social (que Piglia nunca dejó de sostener), un amor a la escritura y a los géneros, incluso los más viejos, los más anacrónicos, una curiosidad por los pormenores narrativos (que son también los de una vida).
No sé, no sé qué decir salvo gracias Ricardo, por todo lo que hiciste por nosotros, por todo lo que hiciste por mí. No hay manera de saldar esa deuda, salvo recordarte con alegría y traspasar a los más jóvenes una idea de novela, una idea de literatura, una idea de historia y una idea de comunidad (sé que esos temas te importaban), Esas ideas, que parecen ideas menores en un mundo que cada día se acerca más a la catástrofe, sin embargo, son ideas en las que se puede fundar un mundo. Lean a Piglia, traten de entender la étiica que de sus libros se deduce, el amor al presente que sostienen. Lean a Piglia. Sepan de dónde viene todo lo que nosotros podemos sostener. 



El último novelista


Por Daniel Link para Clarín

Hubo un tiempo en que Ricardo Piglia lo representaba todo para nosotros. Eran los tiempos de Respiración artificial, una novela que sigue siendo enigmática por el modo en que consiguió erigirse en la novela de una época, la que mejor la explicaba sin representarla mecánicamente. Hubo un tiempo en que las líneas de lectura de la literatura argentina que proponía Ricardo Piglia eran las que nosotros copiábamos de manera más o menos explícita.
Hubo un tiempo en el que Piglia nos enseñaba, al mismo tiempo, los caminos de la emancipación y los caminos de la literatura.
Después crecimos y comenzamos a discutir con él. Y él aceptó discutir con nosotros. Creo que ésa fue su mayor generosidad para con las generaciones más jóvenes. Lo admirábamos tanto que llamábamos su atención discutiendo con él, censurando un episodio novelesco (nunca una frase, porque todas las suyas son perfectas) que no nos parecía a la altura de lo que nosotros esperábamos, pavadas de niños.
Él nos escuchaba porque le interesaba saber lo que pensábamos y nos corregía. SI lo acusábamos de "populista", aceptaba el adjetivo con la condición, decía, de que se entendiera que el populismo era una de las grandes tradiciones de la literatura argentina, desde la gauchesca hasta Arlt. Obviamente, tenía razón y nos obligaba a repensar la serie histórica.
Era un maestro relacionando textos y problemas, tensionando el campo de lo argentino hasta volverlo mucho más interesante de lo que siempre fue y será.
Ricardo era un historiador de formación, pero el formalismo ruso le había enseñado a leer la historia en su propia inmanencia, lo que equivalía a no darla por sentada nunca, porque la historia se hace en cada pormenor. "¿Hay una historia?" dice el comienzo de Respiración articial, en relación tanto con la materia textual como con los pormenores de la política, un desgarramiento en el que nunca podemos estar cómodos del todo.
Ricardo estaba enfermo hace un tiempo. No tanto como para que nos hubiéramos olvidado de él. Y como él seguía pensando y armando libros contra reloj, también pudimos leer parte de sus diarios, que él consideraba su obra verdadera. Todo lo demás lo hacía, dijo muchas veces, para poder publicar los diarios de Renzi.
Pese a saberlo enfermo, su muerte, sin embargo, nos sorprendión y nos llena de desesperación. No hubo en los últimos años nadie como él, que pudiera darle a la novela la estatura que necesitaba para no morir del todo.
Ahora ya no habrá más novelas, y tampoco hipótesis para leer la literatura argentina o el presente, en fin, todo aquello que a Ricardo lo apasionaba.
Tengo que seguir escribiendo sobre él, mientras lo lloro.

Hiciste la maleta, ay sin decirme adió, ay qué doló




sábado, 31 de diciembre de 2016

La vita nova


Por Daniel Link para Perfil



Diciembre fue, para él, un mes crudelísimo. Dos proyectos en los que había invertido buena parte de las semanas de un año par y bisiesto (que considera funestos, no importa cuánto lo acusen de supersticioso) se vinieron abajo como un castillo de naipes, lo que sumado a las habituales características de ese mes insoportable (dos amigas muertas, la ciudad atormentada, la necesidad de cerrar siquiera ilusoriamente los asuntos pendientes) y algunas nuevas (las copiosas lluvias, las convulsiones sin cura que sufre la perra vieja, ya en sus catorce años) lo hicieron desear huir a cualquier parte.

Cumplida la navidad, se presentó en Ezeiza para abordar rumbo al extranjero: de lejos dicen que se ve más claro. Ya en otro país, comenzó a pensar que todo daño tiene su parte buena: tal vez haya llegado la hora de resolver el problema de la galería para que deje de inundarse cada vez que el cielo se desmorona arrastrando árboles y cables de teléfono consigo, tal vez le convenga liberarse tiempo para encarar un año impar en el que confía ciegamente con la energía para cumplir viejas promesas que fue postergando excusándose en la cantidad inverosímil de trabajo que le impedían hacer lo que verdaderamente le gusta. En adelante, se dice, antepondrá su propio bienestar al de sus colaboradores y las empresas para las que trabaja.

Se le ocurre que, incluso con los proyectos que todavía podría sacarse de encima, el tiempo no va a sobrarle, así que evalúa dejar esto o aquello. Todo dependerá, naturalmente, de su situación económica, que no puede ser peor que en 2016.

“Ya se verá”, se dice en el momento en que levanta la copa y se encamina, tomado de la mano con su pareja, los dos vestidos de blanco, rumbo a la espuma del mar que rompe sobre la playa.

Ya quiere volverse, para empezar la vida nueva que imagina en un año impar: la dicha de un cuaderno en blanco y el deseo de llenarlo de símbolos extraños.


lunes, 26 de diciembre de 2016

Legisladoras

por Martín Kohan para Perfil

Hay algo que me fascina en Lilita Carrió, pero no alcanzo a discernir qué es. Entiendo que no existe cosa alguna que me empariente con ella. Y sin embargo, cuando la escucho hablar, quedo prendado (no sé por qué) de lo que dice. Ella cree firmemente en Dios, yo nunca he podido. Practica una religión, yo nunca he querido. Punta del Este y Miami son sus ciudades predilectas, yo apenas si las he pisado, y siempre con la urgencia de abandonarlas cuanto antes. Su vocación fue la abogacía, cuya utopía es la univocidad; la mía, la literatura, en la que imperan la equívoca polisemia, la proliferación de sentidos. Dos fuerzas políticas a las que jamás me he aproximado son el Partido Conservador y la Unión Cívica Radical, y ella fue artífice de una victoriosa coalición entre ambas. En resumen, nada que ver. Y sin embargo, si la pesco en la televisión, como me pasó la otra noche, dejo todo y me quedo escuchándola poco menos que en estado de hipnosis. Entiendo lo que le sucede a Majul que, en su presencia, casi no puede articular palabra: tan sólo parpadear y arrancar con preguntas que no van a prosperar. Lo entiendo porque a mí me pasaría lo mismo.
Carrió se expide siempre con frases absolutas (ni los papas emplean tantas). Habla y todas las palabras que pronuncia parecen estar en mayúscula: Muerte, Dios, República, Verdad, Denuncia; pero también Una Amiga, Mi Secretario, Dos Ambientes, Marcha Atrás, Angioplastia. Deber ser cierto que se comunica con Dios, o por lo menos que lo oye, porque le imita la retórica y lo hace a la perfección. No me parece que sea apocalíptica, como le han reprochado a veces, sino más bien edénica; más que en las condenas de algún terrible juicio final, la veo expulsando réprobos de un jardín de pureza que ella misma cultiva y administra. Sus denuncias a mansalva y sus continuas amenazas de cárcel son apenas una pequeña parte de sus fenomenales pronunciamientos, como se advierte en esa versión deficiente que intenta Margarita Stolbizer (que también formula denuncias y promete cárceles, pero todo lo dice siempre en cursivas y en minúsculas: es lo opuesto de Lilita Carrió).
Carrió es rotunda, y me resulta difícil sustraerme a su elocuencia tajante. Es rotunda en las cosas que dice y es rotunda en las cosas que calla (porque de pronto se empaca, ladea la vista y el tono, y anuncia sombría: “No hablo más”). Abunda, por caso, en detalles íntimos de reparto de alcobas y lesbianismos desmentidos, para sentenciar a continuación que sobre su vida privada no va a responder nada. O repudia, y con toda razón, las fortunas escabrosas de opacos enriquecimientos, pero establece de inmediato que no se ocupará del bueno de Franco Macri. Fue colosal su explicación de por qué falta a su trabajo, es decir, no va al Congreso: dijo que está por cumplir 60 años, que ya no tiene salud (la Sacrificó por la República) para quedarse hasta las cuatro de la mañana escuchando estupideces.
No me gusta trasnochar y menos aun escuchar estupideces, así que la comprendo perfectamente. Pero, ¿no es éste un pronunciamiento extraño para una Republicana Cabal, toda vez que esos otros legisladores representan a los ciudadanos que soberanamente los eligieron? La impaciencia de Lilita Carrió me intriga tanto como su paciencia. ¿Por qué a veces es intransigente y letal con los abominables corruptos y otras veces se sienta a conversar y les da explicaciones y tiempo? ¿Por qué a veces expulsa sin más y a veces solamente amonesta? ¿Cómo es que su Rectitud Absoluta admite relatividades, hace advertencias pero da plazos, señala turbiedades pero tolera y aguarda?
Detesto la corrupción y detesto que me mientan. Pero la lucha contra la corrupción que emprende Carrió (que algo tiene de Cruzada) y las verdades que suelta (que algo tienen de Trance Místico) no calan, a mi entender, en un proyecto político que apunte de veras a la lucha contra los grupos de poder que imperan en Argentina y someten a las mayorías. Por eso, si se trata de mirar la tele, me entretengo con ella; pero celebro que en el Congreso Nacional ocupe una banca Myriam Bregman. 



sábado, 24 de diciembre de 2016

Un sueño de navidad


Por Daniel Link para Perfil

Rogue One llegó como regalo navideño para fanáticos de Starwars. Fueron a verla en familia a un cine acondicionado especialmente con dos filas de butacas que se movían (vibraban, se inclinaban) según los pormenores de la película. Ni eso evitó el pesado sueño que le sobrevino a los quince minutos de comenzado el derivado berreta y que lo atenazó hasta bien avanzada la película.
Era obvio: ningún subproducto de la saga puede estar a la altura de la nave nodriza o hacerle sombra (intuyó que el contrato diría que sólo pueden actuar en ella muertos dibujados y personajes que serán liquidados impiadosamente). La película es protocolar, fría como el hielo, el argumento es previsible y plagado de agujeros, y en el casting y diseño de personajes sólo se destaca Diego Luna (¡un héroe mexicano intergaláctico!). El asunto familiero que tanta rentabilidad le asegura a Hollywood estaba un poco tomado de los pelos (la Estrella de la Muerte se llamaba así porque un padre científico le decía a su hija, protagonista atónita de una película que nunca debió existir, cuando era niña: “Estrellita”, o algo así).
El cine estaba vacío y las funciones posteriores habían sido suspendidas, probablemente porque no habían vendido ni dos entradas, probablemente por la huelga de controladores aéreos que manejaban las butacas, qué podía importarle: bravo por los espectadores ausentes, mal por él, que va al cine una vez al año, a dormir zarandeado por un carrito traído de Disneylandia.
Hacia el final (se había despertado de pésimo humor) hay unas penosas escenas en las que un cable no llega hasta el enchufe y en las que el botón principal que hay que accionar queda a veinte metros del edificio donde están refugiados los héroes, sólo para que un chino ciego pueda caminar entre las balas amparado por el escudo protector de la Fuerza, de comportamiento siempre caprichoso.
Pero durmió y soñó. Soñó que en el mundo había científicos bien pagos y que los presupuestos estatales destinados a la investigación se respetaban y se incrementaban según las promesas de campaña. Sonó que los jóvenes que trabajan con él accedían a las carreras en el CONICET para las cuales tenían méritos más que suficientes y que liberaban posiciones laborales que él podía ofrecer a jovencísimos que necesitaban juntar antecedentes para cuando les llegara ese trance. Soñó que ningún docente universitario tenía que mirar con desesperación el saldo de su cuenta para saber si podría comprar regalos de navidad para sus hijos. Soñó que un presidente que entregaba premios a científicos en la Casa Rosada escuchaba el justo reclamo de los premiados en relación con el sistema de becas y el amparo de las vocaciones científicas se levantaba y firmaba un decreto que los salvaba de ser esclavizados por el Imperio: su regalo fue un sueño. 


miércoles, 21 de diciembre de 2016

¡Gracias, Paula!

Pero en verdad, ellas no son amigas, son nuestras amas....






sábado, 17 de diciembre de 2016

Josefina, la cantante


Por Daniel Link para Ñ

La primera vez que vi a Josefina Ludmer fue en un teatro donde Punto de Vista organizaba una serie de conferencias clandestinas. Corría el año 1981 (¿o 1980?) y ella presentó el género gauchesco como una literatura menor, usando las nociones que Deleuze y Guattari habían presentado en Kafka y que yo casualmente había leído la semana previa, en una traducción parcial publicada por una revista cuyo nombre no recuerdo. Las dos circunstancias, la conferencia y la publicación de un capítulo de Kafka, devuelven una imagen de un régimen autoritario ya resquebrajado.
Yo no fui alumno de Josefina en lo que ella llamó “la universidad de las catacumbas” y tampoco fui su alumno en la Facultad de Filosofía y Letras, cuando la restauración democrática permitió que cientos de jóvenes entusiastas se beneficiaran con su pedagogía. Como nunca fui su alumno, nunca la sufrí como maestra (su magisterio, muchos cuentan, no ignoraba la crueldad).
Cuando en 1988 se publicó la primera edición de El género gauchesco. Un tratado sobre la patria (que a mí me gusta mucho más que las posteriores), reseñé el libro para la revista Espacios. Del libro había desaparecido todo rastro de Kafka, así que me pareció necesario reponer ese contexto que era, al menos para mí, importante.
Escribí, junto con Kafka: “Nuestra cantora se llama Josefina. Quien no la ha oído no conoce la potencia del canto”. El canto, el teorema de Cantor, Kafka y la China se daban cita para definir una nueva relación entre la literatura y la política de los cuerpos.
Ya antes había leído Cien años de soledad. Una interpretación y Onetti. Los procesos de construcción del relato. El primero me había resultado fascinante (Josefina nunca compartió mi fascinación por ese libro que a ella ya no le gustaba); el segundo, no tanto, porque yo era muy inmaduro cuando me lo hicieron leer por primera vez.
Después vinieron El cuerpo del delito, un libro extraordinario y muy mal (y poco) leído, tal vez porque desarrolla una tarea de demolición en el corazón mismo de la conciencia literaria patriótica, la coalición liberal, cuyos sujetos “inventaron, entre todos, un tono y una manera de decir que quiso representar «lo mejor de lo mejor» de un país latinoamericano en el momento de su entrada en el mercado mundial, y que se hizo «clásico» en Argentina. Y tambien inventaron entre todos, con ese mismo tono, una lengua penetrada de arrogancia, de xenofobia, de sexismo y de racismo”.
De Aquí América latina. Una especulación no me gusta hablar demasiado porque Josefina me incluyó en el corpus de ese libro delirante y justificarlo sería como justificarme a mi mismo.
Todos los libros de Josefina marcaron un antes y un después en lo que nosotros podríamos leer. Por supuesto, ella no esperaba que siguiéramos sus indicaciones, sobre todo porque, luego de haber puesto a prueba los paradigmas de lectura de una época, los descartaba por otros.
Pensar que ya no no podremos encontrarnos con ella para comentar los pormenores de nuestra vida cada vez más triste nos arroja a una intemperie casi tan intolerable como la de saber que ya no habrá más libros de Josefina y que deberemos contentarnos con releer sus libros previos.
Redimida ahora de los afanes terrestres, Josefina se perdera jubilosa entre la innumerable multitud de los seres de nuestro pueblo, que amplificarán su canto y la repetirán (sabiendo o no que lo hacen) como lo que siempre fue: nuestra mejor lectora, y la que llevó el Texto (que fue su única obsesión) hasta los umbrales mismos de su transformación en otra cosa.


Por Daniel Link para Perfil

Todos los libros de Josefina Ludmer, quien acaba de dejarnos solos a merced de la brutalidad del mundo, me marcaron, desde Cien años de soledad. Una interpretación hasta Aquí América Latina. Una especulación. Pero ninguno tanto como El género gauchesco. Un tratado sobre la patria (1988).
Quienes esperaban encontrar en el libro más o menos lo mismo que en sus artículos previos sobre el tema encontraron que El género gauchesco es otra cosa: Un tratado sobre la patria (palabra anticuada como pocas: el experimento en el anacronismo). De los artículos anteriores sólo quedaron restos al comienzo y al final del libro. El género gauchesco habla de la literatura gauchesca. Un tratado sobre la patria habla sobre el futuro argentino (el pacto de los Olivos).
Hasta la página 97 el Tratado sobre la patria (los títulos son intercambiables: no hay función subtítulo o son dos libros encimados) parece un libro escrito con inteligencia previsible. Sin embargo, en la página 98 aparece reproducida una nota de Clarín: “fue verificada una teoría de Einstein”. A partir de ahí, el libro empieza a hablar de todo mezclado y a interpelar al lector para que descubra las distintas figuras que se pueden formar con las piezas del Tratado. Sigue un fragmento de Einstein, las conversaciones que Mitsou Ronat sostuvo con Chomsky, la bibliografía de Hidalgo, otra vez Chomsky y por fin la voz “en off” del tratado. Después otra vez Chomsky, las vidas de Luis Pérez y de José Hernández, un fragmento sobre Borges y Joyce, más Chomsky, Peirce, Eisenstein, Marcel Mauss, en un patchwork vertiginoso. Es ahí donde El género gauchesco se vuelve pop: pone la crítica en crisis, trata de “disolver simultáneamente el género (lo que se lee) y la crítica (la que lee)”, como el pop; arma un “efecto de perspectiva cambiante”, como el happening.
El capítulo segundo, de nuevo, empieza hablando con propiedad del género gauchesco pero pronto se instala en un terreno otro que habla de la ley y el Estado. Aquí se leen las reacciones ante el ascenso de las masas: las fiestas del monstruo, desde “La refalosa” hasta El fiord, pasando por Borges y Bioy, episodios que Un tratado sobre la patria aspira a no reconocer en su estabilidad, porque El género gauchesco apuesta al futuro de la patria, que es pura potencia. Por eso el Tratado descubre a las Madres de Plaza de Mayo en el Martín Fierro.
Era mucha deuda para que yo no intentara consignarla.




sábado, 10 de diciembre de 2016

El goce de la idea


Por Daniel Link para Perfil

A este gobierno le va mal. Si le fuera bien, de todos modos sería un gobierno cuyos actos habría que repudiar, pero lo curioso es que le va mal. No sabe de dónde sacar las monedas que necesita para sostener sus promesas electorales, la obra pública está parada, sus funcionarios meten la pata hasta la cintura (digamos Relaciones Exteriores, para no tener que demostrar nada en poco espacio) y se los sigue sosteniendo como si fueran luciérnagas en una mina abandonada, el Parlamento se muestra francamente hostil a aceptar los envíos del Ejecutivo y sanciona leyes contrarias a sus esperanzas, la prensa no cesa de interrogar el memorandum de Qatar, las joyas de la corona populista, YPF y Aerolíneas, se arrastran como pesos cada vez más muertos, la clase media abandonó las tiendas de cachivaches hogareños y de ropa pese a lo cual la inflación no se ha detenido.
No se sabe de dónde vendrá la iluminación profana que muestre al Ejecutivo que no alcanza con un deseo de prolijidad y de pureza (que, de todos modos, está lejos de alcanzarse) para colocarse del lado del Bien.
Haber apostado a la generosidad de los que más tienen es ignorar la lógica mezquina que rige la acumulación. Haber abierto la puerta al blanqueamiento familiar es reconocer de antemano el fracaso de las hipótesis de buen gobierno.
El blanqueamiento es un procedimiento cosmético que puede provocar desde la formación de cicatrices hasta rasgaduras. Mejor sería entregarse al puro goce, pero esta gente no tiene la menor idea.



sábado, 3 de diciembre de 2016

El sueño eterno


Por Daniel Link para Perfil

Las revoluciones las hacen las multitudes, no los hombres (o mujeres) individuales. Las multitudes sueñan su emancipación, su futuro y su dicha. Su resistencia al poder y su vocación de revuelta son el índice de un malestar que se potencia a medida que dura en el tiempo. Aunque la lógica temporal de la revolución todavía no es clara, sabemos que no se mide en vidas humanas y que se corresponde con un desgarramiento, porque allí donde hay deseo (o amor) hay desgarramiento.
Los hombres (o mujeres) individuales forman partidos, arman conspiraciones, crean planes estratégicos, pero sin el deseo y el desgarramiento no se llega a nada, porque las ideas justas son a veces ideas que se atienen al sentido común dominante y al consignismo establecido (“paz, pan y trabajo”), meros puntos de verificación.
El pensamiento revolucionario (que compromete los cuerpos, los tiempos y los relatos), en cambio, es tartamudo, se expresa sólo con interrogaciones (“¿Qué hacer?”), quiebra todas las demostraciones.
Murió Fidel Castro. Sea. Para muchos estaba muerto hace ya demasiado tiempo, desde el momento mismo en el que la Revolución Cubana se empantanó en su propio mar de los sargazos. Fidel Castro fue un líder: no el que inventó la Revolución, sino el que encauzó los sueños, las esperanzas y las energías de una multitud incivil. Lo que pasó después, es bien sabido (también la Revolución Francesa terminó en Napoleón).
Los medios del mundo (especialmente los argentinos) aprovecharon la circunstancia para cerrar definitivamente un libro enmohecido y arrojarlo al agua para que se lo devoren los tiburones. Con una algarabía que hiela la sangre, dijeron “Ya está”. Fracasó la revuelta de los catalanes (1640-1652), fracasó la revolución inglesa (1642-1689), fracasó la Revolución Francesa (1789), fracasó la Comuna de París (1871), fracasaron las Revoluciones Mexicana (1910), Bolchevique (1917) y Cubana (1959), se nos dice. Basta de estos asuntos. Dediquémonos al desarrollo. Pero en fin, para citar al filósofo: “¿quien ha creído en algún momento que una revolución termina bien? ¿Quién, quién?”.
Una revolución no es solamente el proceso por el cual se toma el poder (es decir el Estado) para constituir una nueva casta de burócratas, sino un desgarramiento que introduce al nuevo pueblo y desplaza el horizonte de lo imaginable hasta límites desconocidos hasta entonces.
No se puede (no se debe) someter el deseo, la esperanza y la espera de la revolución a la lógica del “suceso” o de la adecuación entre los objetivos y los logros. Todo el mundo sabe que las revoluciones fracasan. Pero que las revoluciones se frustren o que salgan mal nunca ha conseguido extirpar del todo el deseo de revuelta e insurrección.
Murió Fidel. Pero la idea (el deseo, el sueño, la esperanza) siguen intactos mientras la única salida para el ser humano consista en volverse revolucionario (no por capricho, sino porque la cuota de sufrimiento que el estado actual del mundo provoca es demasiada alta). Cuantas menos certezas tengamos sobre el tiempo que vendrá, tanta más energía habrá de liberarse cuando llegue el momento. Y cuanto más fracasen las revoluciones, cuanto más se obstine el poder en confundir el relato histórico con el deseo, tanto más nos aferraremos a nuestro sueño.
Antes se suponía o se sabía que la revolución la harían los campesinos y los obreros. Pero esos nombres han dejado ya de ser políticos (han dejado de ser el sujeto de la historia) y las clases, sin desaparecer, han cedido su protagonismo a nuevas singularidades: las mujeres, los desocupados, los indignados, los que se oponen al orden neoliberal (continuo desde la década del setenta, no hay que engañarse), los ecologistas, las comunidades indígenas, los disidentes sexuales, los migrantes, los hackers, los poetas y los artistas, las máquinas, yo qué sé (¿no fundan las películas Terminator y Matrix un pensamiento terrorista sobre la hipótesis maquínica?).
Murió Fidel y alguien dijo que murió el último de los dioses del siglo XX. No tanto ni tan poco: un sumo sacerdote de un culto que seguirá vivo, eterno y sin dueños.